“Buscando a Nemo” o de la memoria.

Cuando se tienen hijos pequeños son incontables las veces que se puede ver una película animada. Particularmente las de los grandes estudios de animación. En mi caso, en los últimos 6 años, literlamente he visto cientos de veces las películas de PIXAR. Mis hijas las han de haber visto por lo menos tres veces más que yo. Al ver estas películas hasta la saciedad es facil pasar de largo los aspectos narrativos. Su consumo ese vuelve en un reflejo. No obstante, el día de hoy tuve una revelación (rayando en la epifanía) sobre la película “Buscando a Nemo” (Finding Nemo). Les comparto mi reflexión.

En mi linea de trabajo (profesor universitario semi-rural), las ponchaduras de llantas son bastante comunes. En particular en temporada de lluvias cuando hay más piedras y baches en los caminos. A pesar de tener ya bastante práctica y ser relativamente eficiente en cambiar una llanta ponchada (me toma unos 15 minutos), cada vés que me enfrento a esta situación me toma algunos minutos recordar para que lado se aflojan los birlos de las llantas. Será parte de mi dislexia pero suelo olvidar hacia que lado se aprietan y hacia que lado se aflojan estas tuercas (lo mismo me pasa con el spin del atomo, pero esa es otra historia). Esta semana sufrí un ponchadura y tuve que pasar esos primeros minutos tratando de adivinar hacía que lado debía mover la llave de tuercas. Ya en la vulcanizadora el mecánico me dijo “se aprietan a la derecha”. Entonces fué que pense en utilizar alguna técnica mnemotécnica (del griego mnéemee = memoria y téchnee = arte) para que no se me volviera a olvidar. Y fué cuando tuve la mencionada revelación (rayando en la epifanía).

Mnemo=Memoria. Finding Nemo = En búsqueda de la memoria. ¡Por supuesto! ¡”Buscando a Nemo” es una metáfora de la búsqueda de la memoria! Explico:

Para quienes no tienen hijos pequeños y no han visto la película, Nemo es un pez payaso que es el único sobreviviente de un cardumen de huevecillos atacado por una barracuda. La madre de Nemo se enfrentó a la barracuda y con su vida logró salvar a un único sobrevieviente. Nemo, quien evidentemente es quien se salvo del ataque de la barracuda, crece con una aleta más pequeña de la otra como un recuerdo de la desgracia de su origen y bajo la tutela de su padre Marlin quien se ha vuelto sumamente sobreprotector. Psicoanalizando a Marlin no es dificil adivinar que su sobreprotección se dervia de la memoría de la pérdida de los demás huevecillos y de su esposa. Nemo por su parte, que no poseé dichos recuerdos es más bien temerario y desafía abiertamente la sobreprotección de su padre. En unos de sus desafios Nemo es atrapado por unos buzos y llevado a una pecera en el consultorio de un dentista en Sydney, Australia. Eventualmente Marlin logra enterarse a dónde han llevado a su hijo y con la ayuda de otro pez llamado Dory (quien sufre de pérdida de memoria de corto plazo) va en la búsqueda de su hijo. La película entonces narra de manera simultanea el periplo del padre y su amiga con problemas de memoria y el cautiverio de Nemo en una pecera con un grupo de peces tropicales.

En el viaje de Marlin y Dory ambos tiene que lidiar con los temores de Marlin (ocasionados por sus recuerdos de pérdida) y con los inconvenientes de la corta memoria de Dory. En la pecera Nemo se encuentra rodeado de peces criados en cautiverio y de Gill un pez que como él fue trapado en mar abierto. Mientras que Gill guarda el recuerdo de su vida salvaje en cicatrices portadas con orgullo a los largo de su cuerpo, los demás peces que no conocen el mar posee el deseo de llegar a él, como si guardaran algún primitivo recuerdo de la vida en el arrecife. La genética nos diría que eso es posible. Su genotipo guarda la memoria de su especie.

La película termina con el escape de los peces en cautiverio y con un flashback de Dory que da pié al desenlace. Padre e hijo se encuentran y todos viven felices para siempre . . . con todo y sus recuerdos . . . para quienes les interesa el tema de la memoria en la literatura les puedo recomendar “Funes el memorioso” de Jorge Luís Borges o el clásico de Marcel Proust “En busca del tiempo perdido” (À la recherche du temps perdu) . . .

Por cierto, los birlos se aprietan en el sentido de las manecillas del reloj. ¿O es al revés?

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